EL FUNDADOR
El Padre Menard
(1916-1987)

Algunos pensamientos | Su vida | Sus escritos | Testimonios

PENSAMIENTOS DEL PADRE MENARD

"Los 'no-amados'. Los niños a quienes se ha olvidado decir: 'Te amo'".

"La mano del laico que sostiene la mano del sacerdote, sostiene al mundo"

"Qué inmenso privilegio tenemos al poder ayudar a los más pequeños de este mundo".

"Ensancha tu mirada y tu corazón, extiéndelos a todos los países y a todos los pueblos".

"No pidamos a Dios que nos haga feliz, sino útil, la felicidad vendrá".

"Lo que sé del mañana es que la Providencia de levantará antes que el sol".

"El sabor del pan que se comparte no tiene comparación".

"No se puede dar un servicio a otro sin darse a sí mismo
un servicio mucho mayor aún".

"Dios no pide el éxito, sino el esfuerzo, la Providencia se encargará del resto".

"Cada gesto que hacemos tiene repercusión en todo el cosmos".


BREVE BIOGRAFÍA DEL P. EUSEBIO MENARD, O.F.M.HAUT

De mediana estatura, siempre sonriente, dueño de una inquebrantable fe en los hombres, el Padre Eusebio-Enrique Ménard nació en la Provincia de Quebec, Canadá, recibiendo por nombre Enrique.

Posteriormente, después de siete años de estudios superiores tocó a la puerta de los Franciscanos quienes lo aceptaron y le dieron su nombre de religioso: Eusebio-Enrique. Terminados sus estudios teológicos, fue ordenado sacerdote en el otoño de 1941. Adelantó enseguida estudios de sociología y pastoral en la Universidad de Montreal hasta 1943.

Fue nombrado predicador en la casa de retiro de los Franciscanos en Chateauguay y a través de los días fue descubriendo cómo entre los muchachos y adultos de los colegios, de las escuelas normales, en los cuarteles, en los centros laborales o en las universidades, había espléndidas semillas de vocaciones al sacerdocio. Y nadie parecía enterarse de ello, tal vez faltaba el coraje de creer que Dios se atreviera a sembrar en tierras endurecidas por el paso de los años. En este mismo lugar, encontró a Héctor Durand, hombre de negocios y constructor famoso, quien le ofreció su apoyo, sus talentos y recursos financieros, a favor de una obra ya existente o a emprenderse.

Y allá por el año 1946, contando con la estrecha colaboración de ambos y otros asociados, se lanzaron a fundar en Montreal un seminario para adolescentes y adultos que se llamó la Escuela apostólica de San Pascual, más tarde, seminario Santos Apóstoles.

Cuatro años después la idea había crecido: ¿Por qué no fundar un grupo de líderes que compartieran esta preocupación suya, que se organizaran para esta tarea de despertar vocaciones sacerdotales dormidas? Entonces esta relación y acción mancomunada, profunda y providencial, daría nacimiento a muchos seminarios, a casas de retiros, centros educativos, de asistencia, caridad y promoción social, en suma, a una obra fecunda de humanización y evangelización que prosigue hasta la actualidad.

El Sr. Durand continuó su colaboración durante 25 años hasta su muerte.

El desenvolvimiento de esta obra de los Santos Apóstoles, progresó primero en Canadá hasta 1962, luego más allá de sus fronteras con el viaje providencial del fundador que enrumbó a Estados Unidos y América Latina a continuar su misión. Y ha dado hasta ahora, más de 800 sacerdotes a la Iglesia en el mundo (35 diferentes diócesis y 33 comunidades religiosas).

Mientras por un lado la obra se dilataba hasta Africa, por otro el P. Eusebio fundaba casas en Estados Unidos, Perú, Colombia, Brasil.

El P. Menard pasó a la Casa del Padre en Montreal (Canadá) el 26 de marzo de 1987.

Para saber más, leer:
Paul Longpré, Apóstol de las vocaciones, Padre Eusebio Menard. Fundador de los Misioneros de los santos Apóstoles, Asociación Hijas de San Pablo, Lima, 2005, 188 pp.


imageA CUALQUIER HORA... EN CUALQUIER EDAD...
CRISTO INVITA A SEGUIRLE.
HAUT

La sombra en el reloj hace desfilar las horas...

Siempre es tiempo de reclutamiento y llamada...

El tiempo de la vendimia había llegado... y las uvas maduras, hinchadas de néctar y de sol, esperaban, expuestas a perderse, secarse o pudrirse, a los vendimiadores que las recogerían para llevarlas a las bodegas de la abundancia.

El Dueño de la Hacienda lo sabía y vigilaba...

Y una mañana salid al amanecer a reclutar vendimiadores. En la plaza de la ciudad encontró jornaleros, venidos expresamente para las vendimias. Convino con ellos el salario, una moneda de plata, y los envió a su viñedo.

Como los primeros contratados no bastaban volvió a pasar hacia las nueve de la mañana, encontró hombres parados y les dijo: "Id también vosotros a mi viña y tendréis un salario justo, según vuestras horas de trabajo".

Pero la recolección se anunciaba tan abundante, que pedía más brazos... Hacia mediodía y más tarde aún, a las tres de la tarde, el Dueño de la Hacienda volvió a la plaza de las contratas. Estaba seguro de encontrar los obreros necesarios. Cuando él plantó su viña sabía que en su país no faltarían vendimiadores, de otro modo nunca hubiera emprendido una tan vasta empresa

Pero el día avanzaba... Y, sin duda, amenazaba una granizada o se anunciaba una nube de langostas devastadoras. Hacía falta conseguir, a cualquier precio, que la cosecha estuviera segura en los graneros antes de que llegara la noche.

En el reloj el sol marcaba ya las cinco de la tarde cuando el Dueño de la Viña volvió a la gran plaza y encontró aún hombres desocupados:

-¿Cómo es que os habéis pasado todo el día mano, sobre mano?

-Es que... nadie nos contrató.

¿Es que quizá no se habían ofrecido por timidez? ¿Tal vez se creían incapaces de ser buenos vendimiadores y no lo habían intentado?

El Dueño, que entendía de hombres, pensó de otra manera:

-"Id también vosotros a mi viña."

Y helos ahí, corriendo a toda prisa, a pesar de lo tardío de la hora y en respuesta a esa llamada, a recoger los racimos maduros...

Concluida la jornada el Dueño de la Viña dijo al encargado:

-"Llama a los vendimiadores y dales el salario convenido comenzando por los recién llegados."

Y he aquí que los últimos contratados reciben una moneda de plata, igual que los que trabajaron desde el alba. Era lógico que estos se sintieran un poco celosos. Pero el Dueño veía las cosas de otro modo. Para él lo que contaba era tener la cosecha en sus bodegas sin que nada se perdiera. Se siente satisfecho y quiere que cuantos participaron en esta salvación de la cosecha participen de su alegría... tanto si sufrieron mucho como si sufrieron poco los rigores del sol, tanto si se mostraron más dispuestos como si sólo aportaron su ardor a última hora...

Sí... había tenido tanto miedo... Pero, como todos respondieron a su llamada, ahora toda la cosecha llena ya las tinajas de la gran bodega. Por eso invita a todos al mismo regocijo. ¡Ah, qué bueno y desbordante será el vino en las Bodas del reino!

Amigo que lees estas líneas, puede que seas tú ése a quien el Dueño de la Viña está buscando en la plaza a una u otra hora..., a una u otra edad..., a tu edad que supera ya los diecisiete..., los dieciocho..., los veinticinco..., los treinta años.

Recorriendo las páginas que siguen tal vez tú también escuches una llamada. 0 puede que se te aclare más esa llamada que ya has escuchado...

No cierres entonces tu corazón, no te endurezcas rechazando este libro como molesto, sin haber recorrido al menos unas páginas... No dejes que se te escape la ocasión de responder: "Si verdaderamente tú me necesitas, aquí estoy, Señor, dispuesto a seguirte."

Si Dios ha permitido que la tierra lleve, en nuestro tiempo, más de tres mil millones de hombres sobre sus espaldas, puedes estar seguro de que también ha previsto la llamada de al menos un millón de apóstoles y sacerdotes... Y tal vez tú eres uno de ellos.

La mies de las almas espera... La vendimia de hombres está ahí, expuesta a perderse, por falta de viñadores, como las uvas del racimo maduro sobre las colinas.

  • Testamento espiritual del R.P. Eusebio Menard, Misioneros de los Santos Apóstoles, Montreal, 2006, 92 pp.
  • La revolución del amor, compromiso de los laicos, Ediciones Paulinas-Misioneros de los Santos Apóstoles, Lima 1986, 104 pp


EL FUNDADOR: Testimonios
EL SACERDOTEHAUT

Por el R.P. Yvon Archambault, M.S.A.

Desde el inicio de su ministerio sacerdotal, el joven "Padre" franciscano Eusebio, lleno de la Palabra de Dios, fue no solamente un predicador elocuente, sino también un apóstol convencido, de manera que sus gestos (actos) acompañaban y apoyaban siempre su palabra.

Los largos momentos que é1 amaba pasar en oración y meditación le han introducido en la intimidad de Cristo para hacerle descubrir la grandeza del sacerdocio y sensibilizarle a la urgencia de dar sacerdotes a la Iglesia, sobre todo allí donde había más necesidad. Ahora su camino está trazado.

La grandeza del sacerdocio. Su amor al sacerdocio y su alta estima del sacerdote no han hecho sino tocar el corazón de sus ejercitantes que volvían convertidos, los unos, e interpelados, los otros.

La urgencia de dar sacerdotes a la Iglesia. Un tal apostolado debe nutrirse del pan eucarístico y de la Palabra de Dios largamente meditada (orada); un tal apostolado sólo es posible en la unión a Cristo.

Yo soy la Vid y ustedes las ramas. Si alguien permanece en mí, y yo en él, produce mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada (Jn 15,5).

El Padre Eusebio ha sido un sacerdote feliz, un sacerdote que alababa continuamente al Señor a través de su vivencia sacerdotal: ¡Bendito sea Dios Padre de Cristo Jesús nuestro Señor, que nos bendijo desde el cielo, en Cristo, con toda clase de bendiciones espirituales! (Ef 1,3).